Política

Un nuevo gobierno de Piñera, ¿tropezar con la misma piedra dos veces?

Retrocedamos los relojes 7 años: Piñera acaba de salir electo por primera vez. El escenario es auspicioso para la derecha: la aprobación a la coalición de partidos de ChileVamos es del 41%, 6 de los 12 políticos mejores evaluados son de derecha, cuentan con 59 diputados y la mitad del senado a su favor. A inicios de su gobierno, Alfredo Jocelyn-Holt presagiaba que vendrían muchos años más con la derecha gobernando.

Pero entonces algo pasó, algo que al principio era impensado pero que luego se transformó en una realidad innegable: la izquierda salió fortalecida con su gobierno. Y no sólo en términos electorales, donde la derecha perdió comunas emblemáticas como Providencia, La Reina y Recoleta que sumaron un total de 23 alcaldes más 29 diputados, sino también en términos culturales.

Es fácil ver el cambio en la mentalidad de los chilenos analizando las encuestas. En 2011 y en plena movilización estudiantil un 70% de los chilenos prefería colegios particulares subvencionados, un 95% se sentía conforme con su elección educativa,  un 63% creía que los directores debían poder seleccionar a sus profesores, un 61% respaldaba la existencia de liceos de excelencia y un 47% apoyaba selección por mérito académico. Piñera no sólo no pudo concretar ninguna reforma sino que además al final de su mandato aparecieron demandas que no formaban parte originalmente de su programa, un 45% de los chilenos apoyaba en agosto de 2013 una Asamblea Constituyente, un 46% cambiar el sistema binominal, un 67% una reforma tributaria, un 74% educación universitaria gratuita como prioridad y un 83% la nacionalización del cobre. ¿Qué es esto sino una impresionante victoria de la izquierda?

¿Por qué ganó la Izquierda?

Al menos desde afuera, pareciera que pocas personas por no decir nadie dentro del piñerismo se han puesto a analizar qué pasó la última vez que Piñera gobernó y cómo hacer para evitar repetir los errores del pasado. El más fundamental es un amor irracional per se al consenso democrático, que está bien en el sentido que uno siempre debe deliberar y buscar lograr acuerdos, pero nunca hay que perder de vista que el “centro” político es una arena en disputa: lo que hoy consideramos como de centro hace 10 años no lo era, y lo que mueve el eje, y se ha dedicado a moverlo permanentemente es la izquierda a lo largo de los últimos años, frente a una derecha que se sintió muy cómoda y se dedicó a administrar solamente.

El resultado de esta práctica o no práctica, para ser más precisos es que no fue la izquierda la que aumentó el número de ministerios desde la vuelta a la democracia, fue Piñera. Tampoco fue la izquierda la primera en realizar una gran reforma tributaria, fue Piñera. No fue la Nueva Mayoría la que propuso congelar los aranceles de las universidades, fue el ministro Bulnes y por último tampoco fue el Partido Socialista el que propuso un plan garantizado de salud y un fondo solidario, fue Mañalich. Como estos se suman una serie de errores de manejo político; el más grave el haber invitado a los representantes del movimiento estudiantil al Congreso saltándose al ministro de educación legitimándolos como movimiento político, el que luego llegaría a tomar escaños en la cámara de diputados.

Cuando la “oposición” te deja abierto el camino con reformas que son de tu agrado, simplemente lo que tienes que hacer es empujar un poco más por la misma senda, eso es lo que queda claro cuando uno lee las declaraciones de Alberto Arenas tras la reforma de Piñera: “Se necesita una reforma tributaria de verdad y este ajuste deja abierto el debate para un próximo gobierno”. Dicho y hecho.

En resumen, Piñera hizo todo lo que uno habría esperado de un nuevo gobierno de la Concertación: se subieron impuestos, se eliminaron proyectos de inversión con telefonazos Proyecto Barrancones, se instauraron leyes de etiquetado, se le dio poder y legitimidad al movimiento estudiantil, se crearon fórmulas contra las isapres y se financió al Movilh. Es cierto que la Nueva Mayoría fue peor, pero esto izquierdizó al país y logró que pese a un desempeño económico favorable nadie aprobara al sector. Tras esta catástrofe uno puede preguntarse si existe alguna gran reflexión para evitar que vuelva a suceder.

¿Qué pretende la Derecha esta vez?

Lo primero que se puede advertir dentro de la campaña de Piñera es que se han esforzado por decir que nadie que haya recibido un derecho social lo va a perder, lo que es preocupante considerando que la reforma a la educación así como está dispuesta, está destinada a quebrar universidades que no van a poder solventar una pérdida millonaria por tantos años. En esta línea uno puede preguntarse si acaso toda la gente que contrató la Nueva Mayoría y que hoy está parasitando con sueldos millonarios del dinero de los contribuyentes no la van a mover de sus asientos, en aras de no “quitar derechos sociales a nadie”.

Pero lo segundo y quizás más importante de observar es que pretenden tomar la bandera de la inclusión y de los derechos sociales en su enfoque igualitarista. Al respecto, Mauricio Rojas ha sido bastante claro al decir en una entrevista a El Mercurio que “se plantean políticas sociales de corte Estado de Bienestar y en conflicto con los Chicago”. Acompañado por un programa de gobierno que cuenta con privilegios constitucionales para el lobby mapuche, gestos populistas como más vacaciones para todos y un gasto aproximado de 14.000 millones de dólares, incluso más caro que el de la candidata DC Carolina Goic. Se habla de tener responsabilidad fiscal, pero uno inmediatamente puede preguntarse si es posible hablar de austeridad cuando se pretenden gastar 14.000 millones, y si será posible solventar ese gasto con crecimiento o es simplemente una declaración de deseos. Así las cosas, pareciera que la derecha no aprendió nada, y lo que es peor: se volvieron a correr a la izquierda, entregándole en bandeja de plata la posibilidad de avanzar en un futuro en acabar con la educación privada, ya que mientras alguien pueda pagar algo mejor inevitablemente habrá exclusión y desigualdad. 

Una ventaja que tiene la derecha es contar con el mérito de generar confianza al sector empresarial. Es por esta razón que los negocios e inversiones suelen florecer cuando gobierna porque se espera que puedan llegar a buen puerto y no se pongan trabas políticas, pero esta confianza no va a durar para siempre. El primer gobierno de Piñera ya demostró que antes que generar seguridad generó incertezas jurídicas y si se repite la tónica ahora es posible que esa ventaja se pierda irreparablemente. Entonces, lo lógico es sacarle provecho y explotar al máximo esa sensación de bienestar, uno habría esperado como hizo el candidato Kast proponer ostensibles bajas en impuestos y una retórica diferente respecto del Estado, los empresarios y los proyectos refundacionales, pero en lugar de eso vemos una derecha acomodada al nuevo centro, con referentes como Hernán Larraín que abiertamente dicen que no son de derecha.

El escenario entonces está pintado para que la izquierda nuevamente domine las calles, ellos van a empujar al gobierno a moverse al son de lo que diga cuanto grupo de interés decida hacerlo, y van a tranzar cada vez que los apuren un poco, tal como sucedió la última vez. Y todo esto en pos de mantener “los consensos” y “el centro”. Es lo que pasa cuando no tienes principios.

Una Derecha renovada acomplejada

“La derecha acomplejada es, al final del día, la noción de que hay que gobernar con la calculadora en una mano y con la encuesta en la otra, tomando decisiones en base a la supuesta rentabilidad que tiene y no los fundamentos que representa”.

Estas fueron las palabras de José Antonio Kast para referirse a la derecha que apoya a Piñera, una derecha acomplejada. Porque se puede estar en desacuerdo con las violaciones a los DDHH sin necesariamente comprarse todo el discurso de que la derecha representa a los poderosos o desligarse de todo lo que hizo el gobierno militar, que dejó un buen legado en muchos ámbitos. Se puede estar contra los proyectos refundacionales de izquierda sin necesariamente ser un defensor del status quo. Hoy todos los referentes de ChileVamos hablan de ser de centro o de centroderecha, viven acomplejados con la etiqueta, quizás porque nunca le tomaron el peso a lo que hacían o los principios que defendían, si acaso alguna vez defendieron alguno o sólo estaban donde estaban por la inercia del binominal.

Piñera no tiene nada que alguien de derecha esperaría: no existe oposición por parte de él a la llamada “ideología de género” más bien sus referentes se pelean por sacarse fotos con el Movilh, no hay una crítica al Estado como ente refundacional, no hay reducciones en impuestos, no hay austeridad fiscal, no hay críticas al populismo, no hay proyectos educacionales diferentes, no hay nada diferente de lo que ya hay en el “centro”. Piñera no es de derecha, solo es un buen administrador y con eso no alcanza: no bastó en el pasado y no va a bastar ahora. La izquierda lo sabe, y pese a que va a perder esta elección, se está reagrupando para volver el 2022 y lo más probable es que lo haga.

Por Letras Libertarias

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