Opinión

No puedes parar el humor

Nadie te obliga a reír de lo que no te da risa o de lo que tu posición política (algo absolutamente válido, si es que no quieres servir de vector de los chistes cuyo contenido rompen tu corazón) te impide disfrutar. A mí no me da risa Felipe Avello ni ninguno de esos payasos aburridos imitadores de Seinfeld, no me da risa el humor de mujeres orientado a las mujeres de Natalia Valdebenito (quien parece gozar de cierto status de líder de opinión pues cualquier cosa que dice tiene impacto en su séquito de amargados de Glycine max), y tampoco me dan risa los chistes de Fernando Alarcón, de Checho Hirane, ni de los Locos del Humor.

Debido a que no disfruto de esos chistes, hago entero uso de mi libertad y elijo apagar el televisor. ¿Para qué más? Nadie me obliga a reír, y tampoco estoy obligado a escuchar. Probablemente, existe gente en este mundo que disfruta de los chistes de Felipe Avello, Daniela Aguayo, Fabrizio Copano o de Natalia Valdebenito y, haciendo ejercicio de su libertad, pague por ir a escuchar sus rutinas, o los siga vía redes sociales, o vea sus shows por YouTube. Ahora bien, Natalia Valdebenito no me ha puesto una pistola en el cráneo para que disfrute de sus chistes, ni tampoco me ha obligado a escucharla.

He ahí la libertad.

El día que los “machirulos”, por sentirse ofendidos, quieran usar la fuerza del Estado para que Natalia Valdebenito no pueda contar sus chistes nuevamente, será un día negro para la libertad. Sin embargo, si ellos, los fachos arenosos y machistas, escogieran boicotear a Natalia a través de la no asistencia a sus eventos, y el retiro de su apoyo a los patrocinadores que hacen posible las presentaciones de la humorista, estarían usando una suerte de presión ciudadana patética y llorona (aunque lícita) para que el objeto de su molestia no tenga un espacio desde donde lanzar diatribas contra de estos guerreros de fino cristal. ¿Dejarían a los fans de Natalia Valdebenito llorando por la cancelación de sus shows? Por supuesto que sí, pero no se emplearía una fuerza estatal arbitraria para prohibir el humor e imponer la amargura.

La reciente presentación de Dino Gordillo volvió a reflotar la discusión respecto de la silicosis[1] provocada por el humor poco avanzado, del siglo pasado, moralmente inferior, propio de la generación de nuestros padres, increíblemente prehistórico y alejado de la complejidad intelectual que exigen los nuevos tiempos. Probablemente, el retraso que exhibo me impide encontrar gracioso a los nuevos dioses olímpicos del stand-up comedy (ese clan de elevados seres que vinieron del futuro a barrer con la vulgaridad ctónica de exponentes como Los Atletas de la Risa, Dinamita Show, Pancho del Sur, Dino Gordillo, etc.).

No siendo fan de Dino Gordillo (de quien no escuché su rutina porque no tengo televisor), me alegro del dolor espiritual que ha causado en algunas masas hipersensibles, los mismos que creen haber llegado al pináculo de la evolución por no reírse de chistes simples y retrógrados, haciendo gala de su superioridad moral y dejándonos a nosotros, el pueblo vulgar, riéndonos de nuestra propia ignorancia (“te falta tanto Chile”). Seremos ignorantes y vulgares, pero aún tenemos la capacidad de reír –o no reír– sin hacer un escándalo, sin rasgar vestiduras, y sin levantar consignas que llamen a la prohibición. Y es extraño, porque se supone que la leche de soya que bebe esta generación de moral elevada y gustos refinados no debería causar indigestión, que es justamente lo que han provocado los chistes repetidos de Dino Gordillo quien, entre tantas cosas que tanto afectan a esta generación de cristal y que él parece ser inmune, no teme en hacer referencias a su IMC en su nombre artístico.

Y tú, ¿también quieres prohibir el humor?

Por Francisco JavGzo

Arqueofuturista. Adorador de Ailuros.HBD. Anarcotribalista. Deep ecologist. V.I.T.R.I.O.L. 14888

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