Opinión

NO EXISTE UN PUEBLO MAPUCHE

 

Como explica Francisco Rothhammer, el chileno promedio tiene un promedio de 44% de genes indígenas, 52% de genes europeos y 4% de genes africanos. Las diferencias de estos porcentajes entre grupos económicos son mínimas, pero aumentan cuando se comparan personas dentro de un mismo grupo económico—tal como ocurre con el SIMCE, por cierto. Este dato resulta importante para darse cuenta, desde un principio, que no existe una diferencia racial clara entre mapuches y no mapuches en Chile. Nuestra realidad no es como la de Canadá o Australia o Nueva Zelanda. Menciono estos países porque algunos políticos chilenos los consideran ejemplos en materias indígenas, pero resulta que sus historias son muy diferentes porque implicaron un tiempo de convivencia mucho menor y no tuvieron mestizaje. Esos países tuvieron, por cierto, un «problema indígena», pero esto no ocurrió en Chile. Como no ocurrió, hay quienes pretenden que ocurra de una manera totalmente artificiosa: sin pueblos indígenas, con siglos de «convivencia» (en realidad ya no hay poblaciones para distinguir) y con un mestizaje que ya abarcó desde hace tiempo y por completo tanto lo racial cuanto lo cultural.

Para levantar una «cuestión indígena», primero tiene que existir una convivencia entre poblaciones, lo cual implica diferencias. En Chile, no obstante, la población es demasiado homogénea como para plantear seriamente diferencias y una consecuente cuestión indígena. En el ámbito racial, el dr Rothhammer ha descrito con propiedad y precisión los hechos: todos los chilenos somos mestizos y prácticamente no hay diferencias en este sentido en cuanto a situación económica, si bien existen diferencias mayores al comparar el eje diatópico por regiones: algunas tienen población con más genes indígenas que otras. En el ámbito cultural, todos estamos integrados en la civilización occidental. Es cierto que algunas personas aún hablan mapuzungun u otra lengua indígena, pero normalmente son bilingües: el monolingüismo indígena ha sido reportado —según he oído—, pero se trata sin duda de situaciones forzadas. Sin embargo, la lengua no es el aspecto distintivo de la cultura: es importante, por cierto, pero no es único. Si no, los turcos no habrían podido integrarse en la cultura islámica y los japoneses no habrían integrado la esfera de la cultura sínica, los egipcios no se habrían helenizado, etc.

El eje de la cultura está en las interacciones. Estas interacciones siempre estarán facilitadas por una lengua común (koiné), pero esta koiné no necesariamente coincidirá con la lengua vernácula de cada individuo. En Occidente, la koiné ha sido el griego, el latín, el francés o el inglés. Lo importante de la lengua, en términos culturales, no está tanto en su diversidad cuanto en la cantidad de personas que interconecta. Los grupos separatistas insisten en utilizar el mapuzungun porque creen que así lograrán separarse culturalmente de Chile y el resto de Occidente, pero lo cierto es que las cosas no son tan sencillas: cada persona decide de forma individual no solo la lengua que usa, sino también la ropa que viste y la religión que profesa y el arte que admira. En verdad, la CAM aspira a imponer estas decisiones sobre las personas a las que pretende tiranizar, pero su aspiración difícilmente llegará a ser exitosa. El intento de renacimiento cultural impulsado por la CAM es descrito lúcidamente por Fredric Jameson: «jamás es el “retorno” a una realidad auténtica previa sino siempre una nueva construcción (que surge de lo que parecen ser materiales más viejos)»[1].

Fernando Villegas, fustigado en El Mostrador por haber afirmado que no existe el pueblo mapuche, tiene toda la razón al decir esto mismo: no existe el pueblo mapuche. No existe un conjunto de diferencias raciales o culturales que separen con claridad un conjunto de la población que pueda denominarse «mapuche» en oposición a o distinción de «chileno». Si existiera, por cierto, no cabría duda en cuanto a su caracterización distintiva en los ámbitos de la lengua, la política, la religión, la técnica, la ciencia, la moral o el arte. Y el hecho es que sí cabe duda con respecto a cada una de estas dimensiones. Existe una respuesta «oficial» para esta duda que levanto: aquella que invoca la cosmovisión mapuche. Pero su apariencia simétrica y su carácter didáctico hacen dudar de esta respuesta cuando uno se pregunta por qué no existe lo mismo en el caso de la cultura occidental. Obviamente, se trata de una respuesta artificiosa, construida a propósito para dar la impresión de que resulta posible contestar con sencillez y coherencia la cuestión de la cultura mapuche. ¿Pero cómo va a resultar tan fácil en este caso y tan difícil con el resto de las culturas—occidental, musulmana, sínica, eslava? Resulta obvio que, aun cuando hubo una cultura mapuche, sus cultores desaparecieron hace tiempo y sus descendientes (nosotros mismos) abrazaron la cultura occidental. Podrá parecer lamentable —de la misma manera en que lamentamos la desaparición de cada lengua hablada—, pero se trata de un hecho verificable en la realidad. Así no debemos dejarnos engañar por quienes sostienen que existe incluso hoy una cultura mapuche y ellos no deben persistir en esta mentira.

 

Notas.

[1] «Sobre los “Estudios Culturales”» (103), en Jameson & Žižek 1998, Estudios Culturales. Reflexiones sobre el multiculturalismo, Buenos Aires: Paidós, pp. 69-136.

Por Cristian Mancilla

Master of Philosophy. The Australian National University. Profesor de Latín y Griego Antiguo.

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