Opinión

¡Más armas!

 

La desesperación con que «moros y cristianos» buscan explicar el ataque terrorista en Barcelona y, por extensión, todos los ataques perpetrados por musulmanes es una señal de que hay muchos que creen tener la capacidad de entender lo que hay en el interior de las mentes ajenas. Esta tendencia me inspira cierta suspicacia porque intuyo que quien cree conocer las intenciones ajenas tiende al estatismo.

¿Por qué necesitamos razones, por lo demás, para entender que está mal herir y matar personas? ¿Quién empezó con todo este juego de argumentaciones estúpidas? ¿Acaso fueron los nacionalistas esmerados en demostrar que el mundo musulmán completo está embarcado en una yihad contra Occidente? ¿O fueron los progresistas que insisten en afirmar que resulta racista señalar el trasfondo cultural de un terrorista?

Estamos acostumbrados a que las vidas humanas sean tratadas como tejidos desechables en las discusiones políticas: en ellas, las ideas son lo más importante, incluso más que la vida de un hombre. Esto es un problema para mí, por cierto, porque considero inapropiado poner las ideas por encima de las personas. Pero también es un problema para quienes participan en estas discusiones (nacionalistas y progresistas), puesto que ellos afirman proponer una primacía de la persona por encima de las ideas. No obstante, se comportan de una manera que revela una escala valórica diferente.

No estoy seguro de si me consterna más la contradicción interna o el hecho mismo de que pongan las ideas por encima de las personas. Poner las ideas por encima de las personas no me parece condenable siempre: este comportamiento es típico de todas las civilizaciones no occidentales. Por esto mismo resulta indignante verlo manifiesto en occidentales. Por otra parte, sé que no me molestaría la contradicción de estas personas si no se tratase de un asunto al que yo mismo le doy importancia.

En el fondo, siento que buscar explicaciones para los ataques terroristas no es más que una pérdida de tiempo. Da lo mismo las razones que haya detrás de estos ataques si no tenemos certeza con respecto a que exista una razón. Y, como no la tenemos, también da lo mismo si acaso existe o no una razón. Lo único importante ante este escenario es mantener la cabeza fría y la mira del arma en el cuerpo del atacante.

Nacionalistas y progresistas están obsesionados con cerrar o abrir las fronteras: su discusión se centra en las ideas y no en las personas. Yo les diría que estas fronteras tienen tanto sustento conceptual como los 200 sexos (asumo que ya superaron esta cifra) propuestos por la «teoría» de género: me parece que ya alcanza uno para cada país del mundo, por cierto.

Lo cierto es que, con o sin fronteras de por medio, las personas son víctimas de asaltos en la vía pública y están impedidas de defenderse porque los gobiernos les prohíben o dificultan tanto tener cuanto usar armas en la calle. Y los europeos en particular se encuentran tan domesticados que prefieren morir ellos mismos y ver morir a los suyos antes de que el Estado les devuelva la facultad para defenderse por sus propios medios.

Esta discusión se asemeja a la del feminicidio: los progresistas están más obsesionados con convencer a todo el mundo de que las parejas de las mujeres asesinadas tenían motivaciones sexistas que con proteger a eventuales víctimas futuras. Los conservadores que se les oponen, por su parte, ni siquiera se molestan en oponer una explicación propia. Es cierto que la explicación propuesta por los progresistas llega a ser desconcertante en virtud de su estupidez, de manera que aturde a quienes tienen sentido común, por lo cual resulta comprensible que los conservadores no ofrezcan una explicación alternativa. La legislación, no obstante, parece respaldar el sinsentido propuesto por los progresistas. ¿Cómo, si no, se entiende que exista un delito de feminicidio distinto del homicidio en un país donde hombres y mujeres son iguales ante la ley?

Por lo anterior, estimo conveniente que nos concentremos en lo perceptible: los crímenes cometidos y la defensa de los ciudadanos. Los ataques que ya ocurrieron, por cierto, ameritan venganza de las víctimas y esto implica imponer castigos sobre los culpables. Por otro lado, es un hecho que habrá ataques en el futuro y la forma de evitarlos no es encendiendo velas ni editando las fotografías de perfil en Facebook, sino permitiendo que las personas se defiendan apropiadamente (con armas de fuego). Esta medida tuvo algo de avance durante los últimos meses en la República Checa, por lo que tengo entendido.

Una frontera cerrada es una tentación constante. Un arma disparada, en cambio, acaba con un terrorista y disuade a otros de seguir su mismo camino. Esta vía resulta no solo más efectiva, sino que moralmente más fundada, puesto que se centra en las personas y no en conceptos que convienen a uno u otro bando político.

Por Cristian Mancilla

Master of Philosophy. The Australian National University. Profesor de Latín y Griego Antiguo.

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