Política

La superficialidad de Hugo Herrera

Si hay algo que ha caracterizado a este gobierno es la carencia de principios claros o de una hoja de ruta. Todo parece improvisado y en función de las encuestas o demandas de turno. En ese contexto, la izquierda ideológica, que es la que domina hoy las universidades, ha manejado con comodidad a Piñera y sus ministros: a punta de elevar pánicos morales los ha hecho disculparse constantemente por frases sacadas de contexto o desdecirse. A estas alturas, incluso pareciera que Piñera le tiene miedo a la izquierda, jactándose de ser él mismo un progresista[1] y apoyando cuanta cosa contradiga a quienes fueron sus votantes: no ha tocado ninguna gran reforma de Bachelet, está impulsando la ley de identidad de género, quiere subir impuestos, está creando más burocracia y ministerios, le está haciendo museos a la inmigración, está cediendo sin matices a cuanta consigna feminista aparezca, etc., por lo que uno a estas alturas se pregunta si realmente está gobernando la derecha, con la ministra Plá enalteciendo a Bachelet como la guinda de la torta. Con lo anterior en mente llama poderosamente la atención que Hugo Herrera, una de las cabezas del Manifiesto Por la República y El Buen Gobierno previo a la elección de Piñera, de quien se esperaría una visión ideológica bien formada, en lugar de criticar que estén prácticamente traicionando a sus votantes de derecha, se ponga a criticar el “economicismo” de la “derecha recalcitrante” que “no entiende la cosa pública”. ¿No le preocupa que este gobierno se esté transformando en una continuación del de Bachelet?

Partamos por el principio: si uno analiza las columnas del profesor de filosofía de la UDP, sus críticas son siempre las mismas. Por ejemplo, el martes 15 de mayo cuando dice que “la derecha recalcitrante y ‘maquinal’ se ve desafiada por otras[2]”. ¿A qué se refiere con derecha recalcitrante? Aparentemente, es una derecha que sólo está interesada en ver aspectos económicos y no políticos, a menudo sus epítetos la apuntan a ella, al “economicismo” o al “neoliberalismo impuesto en dictadura” que buscaría despolitizar y “poner adelante al individuo de la sociedad”[3]. Todo este lenguaje evidentemente dejaría a Fernando Atria o cualquier otro socialista muy orgulloso. ¿Y qué propone el académico? Aparentemente renacer “la cosa pública”[4] y que la derecha se haga cargo de los problemas en lugar de dejárselos al mercado o a los números.

SUPERFICIALIDAD Y ECONOMICISMO

El primer problema del análisis de Herrera es que la derecha que tanto critica ya no existe, o al menos no tiene ninguna relevancia en el gobierno actual de Piñera. Un exabrupto del ministro  de educación no es nada frente a la continua expansión del gasto estatal del gobierno, que de hecho está deteriorando el déficit fiscal sin freno alguno. La creación de ministerios, museos, leyes contra las bolsas plásticas o anuncios de más impuestos nada indican de un “economicismo” ni menos de una visión “neoliberal”. Además, Moody’s le acaba de rebajar la calificación de la deuda a Chile, ¿qué explica entonces la obsesión de Herrera? Si realmente las decisiones de este gobierno estuviesen siendo influenciadas por un supuesto economicismo, entonces el ministro más importante y más solicitado sería el de Hacienda, en cambio lo que vemos es que la ministra Plá es la que ha tenido mayor relevancia. Sindicar un par de frases del ministro Varela como las responsables del potencial fracaso del gobierno es demasiado exagerado, y existen miles de factores que convergen en que ese sea el destino o no. Estamos quienes, por ejemplo, rechazamos a Piñera por gobernar sin principios y transformarse en el juguete del progresismo.

Pero indagando más allá, vemos que el asunto del economicismo es más complejo que un par de frases. El presupuesto del Ministerio de educación supera los 10 billones de pesos. El aparataje estatal es tan ineficiente y corrupto que siempre vemos imágenes de goteras en colegios vulnerables, o desvíos de fondos de la subvención escolar preferencial, o empresas conectadas políticamente que son elegidas a dedo para proveer servicios con sobreprecios, o burócratas con sueldos exorbitantes con cargos inventados, que se llenan mediante conexiones y no mediante méritos, por poner apenas unos ejemplos. En efecto, una buena forma de tener una mejor educación es buscar que los colegios o comunidades busquen sus propias fuentes de financiamiento, como por ejemplo con inversionistas privados o con campañas de recolección de fondos vecinales, lo cual también promueve que los padres se involucren más en la educación de sus hijos. Ésta es la esencia de la crítica al asistencialismo, no el hecho que nos debe dar lo mismo que un colegio tenga goteras, sino que dado el enorme despilfarro e ineficiencia del aparataje estatal es bueno una dosis de realismo de que el Estado no puede y no va a solucionar todos los problemas. Da exactamente lo mismo si tenemos un ministro ultra comprometido, no puede estar en todas partes ni la plata es infinita. ¿Qué propone Herrera, entonces? ¿Omitir de plano esta realidad? La izquierda suele hacer eso, e indica como neoliberales desalmados a quienes osan cuestionar las nobles intenciones de quienes quieren fomentar la educación estatal pública. Más aún, dicho sea de paso, fue la izquierda la que, en su dogmática lucha contra el lucro que se libró el gobierno pasado, de hecho combatió y buscó socavar fuentes alternativas de ingresos a los colegios particulares subvencionados, muchos de los cuales eran para alumnos vulnerables que ya ofrecían una buena cuota de gratuidad a sus estudiantes. Una crítica a que no se haga nada para revertir esto es algo que uno esperaría de un académico, no ponerse a pelear con los molinos de viento del supuesto economicismo neoliberal, que apenas deja insignificantes rastros en forma de frases buenas para la farándula política circunstancial.

SUPERFICIALIDAD Y LA “COSA PÚBLICA”

El segundo problema de Herrera es la visión romántica –e incluso podríamos decir inocente– que tiene de la “cosa pública”, el republicanismo y del Estado, un mal que, en todo caso, es transversal de los sectores socialcristianos. El republicanismo –el desarrollo de debates, estar todos juntos como hermanos– no funciona si existe gente sobreideologizada que genera visiones políticas binarias de “aliados versus enemigos”. El peso de una ideología negativa puede ser fundamental para que el individuo termine odiando a su rival político, y no se ve ningún análisis en profundidad de Herrera acerca del feminismo radical, la teoría de género, el indigenismo o el comunismo en su variante más clasista que cree que los empresarios son sus enemigos y que aún persiste en esa izquierda que se niega a desligarse del “legado” de Venezuela. Todas estas cosas influyen e impactan en la configuración de espacios comunes o “lo político” que Herrera tanto dice que le importa. Hay que ser realista y ver que cualquier construcción de espacios públicos, y en cualquier orden social que se desee construir va a haber gente que se va a llevar mal entre sí, que va a tener incompatibilidades fundamentales, estilos de vida o moralidades en contradicción, y que poniéndolos en una mesa no van a hacer nada más que reforzar los juicios preconcebidos que se tienen mutuamente. Declarar una lucha frontal contra la segregación, la desigualdad o la discriminación no va a acabar con esto, es hora de bajarse de las nubes. Incluso, es posible que las incompatibilidades se profundicen, que la izquierda se siga radicalizando o que el Estado mismo las profundice, un punto que rara vez consideran los socialcristianos, quienes ven al Estado como el salvador de las fricciones entre personas. Toda esta argumentación no quiere decir que debamos desechar el debate o dejar de buscar una convivencia comunitaria sana, sólo instalar que existen limitaciones inherentes a lo que podemos lograr buscando eso. Por ejemplo, no se va a acabar la delincuencia, ni las personas van a dejar de repelerse por diferentes motivos. Hay que ser realista con respecto a la naturaleza humana y sus limitaciones, además hay que ser ponderado a la hora de diagnosticar la trascendencia de lo político y lo ideológico. Sindicar al “neoliberalismo” como el responsable de la fricción social es no tomarse en serio el asunto.

Por otra parte, sumarse al carro de la izquierda y poner nuevamente al “neoliberalismo” como el responsable de la “despolitización”, o de que la gente no se sienta interpretada con sus instituciones,  es no ver lo que pasa actualmente con ellas, muchas coaptadas como el Colegio de Profesores, el Colegio Médico, el Colegio de Periodistas–que mostró un doble estándar impresentable en el gobierno anterior respecto de Venezuela– o la CUT, todas en manos del Partido Comunista o el Frente Amplio, en un escenario que se repite y es transversal a las federaciones de estudiantes o los sindicatos ¿Veremos críticas de Herrera a esta realidad o manifestar que estas instituciones no defienden necesariamente los intereses de quienes dicen representar lo hace a uno neoliberal? Concretamente cuando se habla de la independencia de los cuerpos intermedios, el foco es que las instituciones realmente hagan su trabajo y no se transformen en cajas de resonancia de intereses políticos, como lo es la CUT actualmente. Una crítica razonable al gremialismo que aboga por la independencia de estos cuerpos intermedios es que la izquierda gramsciana siempre va a operar anteponiendo sus intereses ideológicos y esa independencia es una utopía. Más razonable es buscar luchar por ganarles esos puestos a la izquierda. Además la política hoy, gracias a las redes sociales, es mucho más horizontal de lo que antes era, existiendo el peligro que se extiendan turbas virtuales.

SUPERFICIALIDAD Y LO POLITICO

Otra cosa interesante que parece ser dejada de lado cuando se habla de lo político es el hecho que la izquierda cuenta con una hoja de ruta bien definida y es sobre la cual actúa. No es casualidad que controlen la mayoría de las federaciones de estudiantes ni que controlen la mayoría de los sindicatos. Antonio Gramsci hablaba de la “guerra de posiciones” y de la “hegemonía cultural”, donde para guiar un proceso de transformación cultural era necesario contar con “intelectuales orgánicos”, y meterse en todas las instituciones. En contrapartida la derecha no tiene nada, y es por esto que suelen siempre ceder a la agenda que les propone la izquierda, disfrazada de “demandas sociales ciudadanas”. Un gran ejemplo de esto es la ley de identidad de género, que no es una prioridad para nadie salvo para el Gobierno y el Movilh. ¿Por qué no hay más intelectuales de derecha criticando la falta de hoja de ruta del gobierno o la falta de respeto que le tienen a sus votantes? Muchos dentro de la derecha parecen asumir que la gente votó por Piñera porque no les gustaban las retroexcavadoras al mismo tiempo que añoraban que volvieran los tiempos mejores de los “acuerdos y consensos” y ahí se quedan, pero puesto de esta manera pareciera que a las personas sólo les importa la forma de gobernar y no el fondo, un error de diagnóstico que puede ser letal en el largo plazo. La izquierda entendió bien esto el 2011, por lo que la pregunta es, ¿qué tal si eligieron a Piñera motivados por otros motivos? Muchos votaron porque les preocupaba la delincuencia, otros porque les preocupaba la economía, entre los cuales me incluyo, y muchos otros, especialmente en comunas pobres, porque les preocupaba la irresponsabilidad de Bachelet en el tema migratorio.

Es una interrogante para mí el hecho de que siempre veamos a los referentes de derecha hablar de la importancia de los movimientos sociales y sus demandas, como si no fuesen orquestadas por ciertos intereses, o como si representaran a todos quienes dicen representar. También la liviandad con la que se toman a sus rivales políticos. Hugo Herrera critica al neoliberalismo y se queja de la despolitización, cuando frente al escenario en el que estamos –donde la izquierda domina y excluye posiciones contrarias mediante amenazas o agresiones en muchas universidades- la “politización” es totalmente funcional a la izquierda y sus intereses. Mediante la táctica de levantar pánicos morales los activistas de izquierda se sienten muchas veces legitimados para agredir, y evidentemente en ese escenario hostil el individuo suele ser sometido a la opinión mayoritaria, esto no va a cambiar en el corto ni en el mediano plazo. Hay mucho trabajo por hacer en la articulación de la derecha, que debe salir a participar, y en caso de ser agredida defenderse, como lo hace José Antonio Kast.

Pero lo más grave de todo este escenario ha sido la especie de involución que ha tenido la derecha, que de la mano de Evopoli y su liberalismo posmoderno se han volcado en contra de los principios fundantes de lo que es ser de derecha, lo cual ha sido advertido tanto por Claudio Alvarado cuando se pregunta “¿Se trata de un acercamiento fortuito, o acaso hay puntos de encuentro más profundos entre Evópoli y la nueva izquierda?[5] como por Pablo Ortúzar. “La corbeta Evópoli puede en cualquier momento amotinarse o ser abordada sin resistencia por lanchas conducidas por Cristóbal Bellolio, Lily Pérez o Andrés Velasco”[6]. Si tomamos en cuenta que la derecha siempre ha ignorado la parte ideológica, es bastante fácil que en unos años toda esa “nueva derecha renovada” sin timón sea abordada por los más beligerantes mal llamados “activistas de la diversidad”, lo cual sin duda fraccionará sin remedio el que hoy es el conglomerado de Chile Vamos. Quizás este sea uno de los motivos por los cuales la agenda del gobierno es tan errática, el “recambio” generacional que confronta a los votantes tradicionales de derecha y los más progresistas confundidos que creen estar a la moda.

En este contexto, con una izquierda posicionada influyendo desde la sociedad civil y una derecha con fraccionamientos internos que amenazan con ser determinantes para el futuro del sector, lo único que veo por parte de Hugo Herrera es una visión inocente de la convivencia social, ignorando completamente las influencias ideológicas y diferencias de los grupos que conforman la sociedad que él quiere juntar en una mesa, y también veo un particular ensañamiento a lo que él llama “economicismo neoliberal recalcitrante”, sin ningún motivo real de peso como para tener esa obsesión. Todas sus críticas son conocidas y nada originales, de hecho, escuchamos las mismas proviniendo de la izquierda.

Notas.


[1] http://www.emol.com/noticias/Nacional/2018/07/26/914695/Pinera-No-hay-nada-mas-progresista-que-una-politica-que-fomenta-la-libertad-de-las-familias.html

[2] http://impresa.lasegunda.com/2018/05/15/A/H93CQ6QE/MR3CQ7PC

[3] http://impresa.lasegunda.com/2018/07/03/A/663DOO68/1C3DQACL

[4] http://impresa.lasegunda.com/2018/07/03/A/663DOO68/1C3DQACL

[5] http://www.ieschile.cl/2018/06/evopoli-y-frente-amplio-renovacion-o-disolucion/

[6] http://www.quepasa.cl/articulo/politica/2018/04/el-nuevo-evopoli.shtml/

Por Nicolás Palma

"Libertario de derecha, seguidor de Hans Hermann Hoppe y Jordan Peterson. Ingeniero Comercial que le gusta leer".

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