Opinión

Entre Kast y Kast: entre apellido y muchedumbre

La democracia es un modelo de gobierno que tiende a autofagocitarse (en significado) en función del tiempo, cayendo –en el mejor de los casos– en la irrelevancia absoluta, o en la vorágine vulgar de la ignorancia y emocionalidad de las masas –en el peor de los escenarios. Este sucumbir ante la emocionalidad no tiene nada de extraño o inesperable: teniendo en cuenta que los humanos se mueven primero y por sobre todo por emociones, es de esperar que la Democracia sea esencialmente una lucha emocional donde la excelencia y la razón quedan en segundo plano, por lo que no es necesario contar con ciertas aptitudes para terminar siendo elegido como apto para ejercer el poder, sino tan sólo apelar a memes (unidades teóricas de información cultural) insertos en las mentes de las personas (e.g., igualdad, desigualdad, jerarquía, horizontalidad, progreso, etc.).

Un sondeo encargado por Evópoli a Cadem reflejó una realidad no triste solamente para Evópoli, sino para todos los que guardan confianza en la Democracia como el mejor sistema de todos: la mayor parte del público encuestado confunde a Felipe Kast, la gran figura de Evópoli y un empedernido centro-derechista, con su tío José Antonio Kast, cargado hacia la derecha más rancia y apegada a ciertas formas. Si bien no podría hablarse de Felipe Kast como un socialista, lo cierto es que mantiene una importante distancia política respecto de su tío.

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Dicho esto, sale a relucir una realidad amarga: una parte de las masas votantes no es capaz de diferenciar un nombre de otro. Esto parece un dato casi anecdótico o jocoso, pero son condiciones que vuelven el panorama aún más desolador, pues no sólo no hay claridad respecto de las diferencias ideológicas entre ambos personajes de la política, sino que ni siquiera hay claridad respecto de quiénes son las personas que cargan las ideas respecto de las cuales el electorado siente afinidad.  

El asunto no sería tan grave si las decisiones que tomaran las personas –en condición de ignorancia, como se hace patente– impactaran tan sólo sobre sus realidades individuales y sin afectar mayormente al resto de la población; no obstante, lo que ocurre en realidad es que en el juego de tomar parte activa del ejercicio del poder democratizado (es decir, de la desmonopolización del poder, entendida como su atomización y división entre los individuos en edad de ejercer el derecho a voto de una población dada), individuos carentes de información –y, muchas veces, con una autopercepción personal donde tienen relativamente poco que perder de manera directa– se apiñan en muchedumbres nucleadas alrededor de centros de votación cada cuatro años para ejercer el derecho a decidir sobre el futuro del todos, es decir, el futuro del resto.

No es de extrañar, entonces, que la democracia vaya cayendo en el abismo de la oclocracia, y que la política se vaya memetizando y vulgarizando a niveles francamente vergonzosos donde las ideas no importan y sólo los nombres van quedando en la mente de las personas, muchas de las cuales incluso no son capaces de hacer una distinción cuando hay un alcance de apellido.

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Las opiniones vertidas son de responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente la visión de Letras Libertarias. 

Por Francisco JavGzo

Arqueofuturista. Adorador de Ailuros.HBD. Anarcotribalista. Deep ecologist. V.I.T.R.I.O.L. 14888

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