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El 'proces' catalán y el 'conflicto mapuche'

 

Debo comenzar señalando que tanto el proceso independentista en Catalunya, así como el llamado “conflicto Mapuche” en la Araucanía, tienen para mí importancia personal, además de politológica y geopolítica evidentes.

Por una parte, porque la rama materna de mi familia, llegó a Chile en 1910 desde Saint Andreu de la Barca, a escasos kilómetros de Barcelona aguas arriba por el río Llobregat [1], siendo parte de los fundadores del “Centre Catala” en nuestro país, y por otra, porque mi señora y cuatro hijos son, legalmente, chilenos de origen mapuche. Así, mis hijos tienen primos tanto en Cataluña como en Temuco.

Tanto en Cataluña como en la Araucanía, estos procesos paralelos vienen siendo presentados por sus gestores como una reivindicación de “derechos ancestrales”, expresados en demandas de autodeterminación, soberanía y, finalmente, independencia.

Los paralelos además, se fundamentan en supuestas condiciones objetivas de carácter material, aunque lo sean de modo inverso: la riqueza y aporte económico de Cataluña frente al resto de España, y la pobreza estructural de la Araucanía respecto de Chile.

A lo anterior se suma la existencia de lenguajes particulares –el catalán y el mapudungun–, tradiciones culturales específicas, historia y distribuciones geográficas relativamente definidas.

Finalmente, la base de ambos conflictos tiene –aparentemente–, un componente étnico definido: catalanes y mapuches serían étnicamente “muy diferentes” de la población de los países en que habitan, y en función de esas diferencias, la existencia no resuelta de “injusticias históricas”.

Paralelamente, los conflictos en el país Vasco y Cataluña, han servido de paradigmas para quienes están actuando en la Araucanía, y más aún, han recibido apoyo y formación de actores de los mismos.

En suma, es posible establecer un paralelo no sólo fáctico, sino ideológico entre ambos procesos, y por ello, es también posible categorizarlos politológicamente, como expresiones locales de los mismos fundamentos filosóficos generales.

Así, en términos amplios, ambos procesos se basan por una parte, en la tesis de la “marginalidad” como herramienta anti hegemónica de la “unidad”, y por otra, en la emergencia de los “micronacionalismos”, como herramienta de deconstrucción de las Naciones-Estado.

En esta última tesis, la Nación deja de concebirse como la expresión político-cultural unitaria de diversos grupos sociales, y pasa a ser entendida como una sociedad dividida en incontables “micronaciones” diferentes, donde cada grupo cultural sería una “sociedad”, una “nación” en sí misma. De allí entonces, no puede sorprender que, por ejemplo, en el caso de Chile se haya creado a partir del “Consejo de la Cultura”, el de “Ministerio de las Culturas…” (sic).

Finalmente, todo “nacionalismo” y por ende, todo “micronacionalismo”, requiere de un mito fundacional que tenga capacidad simbólica suficiente para modificar creencias, pensamiento y conductas.

En el caso Catalán, la apelación a la pretendida diferencia histórica del resto de España –pese a que precisamente su historia parte como la “marca hispánica” (la frontera española) frente a la invasión mora–, así como la pretendida “resistencia mapuche de quinientos años” –pese a los parlamentos y la paz reiteradamente negociada y sostenida con España; a su apoyo al Rey español durante la independencia; y a su final conquista militar por Chile (la llamada “pacificación”)– resultan fundamentales para establecer criterios de legitimidad consistentes, aunque se basen en distorsiones históricas evidentes.

En ambos casos, responsables directos de estas situaciones han sido las propias Naciones-Estado puestas en cuestión: en el caso español, por el “vicio de nacimiento” de la Constitución franquista (el mismo juicio respecto de la de Pinochet); y la resistencia semántica de Chile para aceptar que la Araucanía se conquistó militarmente por motivos geopolíticos –lo que España nunca logró hacer–, antes de que fuera reclamada por Francia u ocupada por Argentina que ya se había adueñado de la Patagonia, aprovechando la situación chilena durante la Guerra del Pacífico.

Por último, la apelación a la identidad étnica como fundamento de la diferencia, es en ambos casos un profundo contrasentido: en el de Cataluña, porque esa “diferencia” es la de una población fundamentalmente indiferenciable del resto de los españoles, y en Chile, por exactamente lo mismo: los últimos estudios genéticos [2] confirman que aproximadamente el 90% de la población chilena tiene tanto ancestros europeos como indígenas, un 5% sólo europeos, y un 5% sólo indígenas: “Tanto el que se dice muy amerindio como el que se dice muy europeo, todos somos mestizos. Para mí eso fue lo más llamativo y lo que nos hace valiosos como pueblos. Puros deben ser poquísimos”, acota la autora del estudio en el capítulo dos.

No obstante, lo que podemos evidenciar del “proces” Catalán, es que sin duda sus fases se repetirán en Chile como la mala copia de una “crónica de una independencia frustrada”: los grupos subversivos que están llevando a cabo los atentados terroristas en la Araucanía, así como las organizaciones que se encuentran luchando por diversas reivindicaciones –legítimas o no–, convergerán finalmente hacia una “declaración unilateral de independencia”, sin efectos jurídicos y políticos, ni reconocimiento internacional alguno, pese a los costos sociales, económicos y fundamentalmente, simbólicos de esa fractura en la identidad y cultura de Chile, así como ya lo ha sido en el caso de Cataluña.

En ambos casos, se trata entonces de ejercicios de campo de las tesis ideológicas antes señaladas, que no están siendo respondidos cabalmente por las Naciones-Estados que están siendo afectadas por los mismos: se trata de generar contra discursos efectivos, que no pueden estar sólo basados en la apelación a la “unidad” o la “legalidad” como bienes en sí mismos, sino que deben ser capaces de superar ideológicamente, y derrotar políticamente los fundamentos, efectos y pretensiones de la deconstrucción de la Nación y por ende, del Estado.

El final del llamado “conflicto mapuche” entonces, sólo se producirá cuando se entienda que no se trata de un “conflicto de los chilenos de origen mapuche”, sino de la aplicación rigurosa de las categorías de una determinada corriente filosófica cuyo fin último es la deconstrucción de la Nación y el Estado, llevada a cabo por grupos subversivos fuertemente adoctrinados, que deben ser filosóficamente superados, ideológicamente contrarrestados, financiera y militarmente desarmados, y fundamentalmente, políticamente derrotados.

 

Notas.


[1] Ver: Llois García, Xose; "L'emigració de Sant Andreu de la Barca a Xile", Ajuntament de Sant Andreu de la Barca, Barcelona, 2008.

[2] Berríos del Solar, Soledad; “El ADN de los chilenos y sus orígenes genéticos”, Editorial Universitaria, Santiago, 2016.

Por Alexis López

Investigador, entomólogo y director de televisión en Nuestra Geografía Sagrada y Energia Alterna.

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